De profesión traductora freelance

Escrito por Marité Flores Tiravanti el . Publicado en Blog Español

La traducción ha desempeñado siempre en la historia de la humanidad una función muy importante. Hoy en día, esta profesión, que a veces tiende a desvalorizarse, está cobrando cada vez más “adeptos” y “usuarios”. Mi intención no es hacer una apología de la traducción sino simplemente transmitir algunas experiencias que podrán resultar anecdóticas para algunos e interesantes para otros.

Traducir consiste en volcar una idea, una opinión o una información que se ha expresado o escrito, a otro idioma. Parece muy sencillo pero no lo es. La idea es que el texto traducido quede como si hubiese sido escrito de origen. Nada más fácil en apariencia pero conviene adentrarse en el mundo de la traductora para entender lo complejo y enmarañado que puede resultar este simple acto.

En la actualidad, muchas traductoras somos independientes y sumamente responsables con nuestro trabajo y nuestra vocación de madres, amigas, esposas, amantes, etc. En efecto, nuestro trabajo, de tiempo extra-completo (12 horas o más), consiste en organizarnos de tal manera a poder cumplir, al final del día o a mitad de la noche, con las exigencias de nuestro trabajo sin dejar de lado los quehaceres del hogar, los problemas existenciales de nuestros amigos, cónyuges, hijos, padres y de todo el que necesite una palabra de apoyo y un oído atento.

Volviendo al tema que nos compete, antes de iniciar nuestro día preparamos el ambiente laboral ideal: música de fondo, asiento cómodo, cafecito y picada al alcance de la mano, y nos disponemos a pasar un día sumamente productivo.

Cuando estamos a punto de encontrar la “palabrita” precisa que teníamos en la punta de la lengua nos interrumpe nuestra media naranja, que camino a su trabajo se acordó de algún papel que dejó olvidado, quién sabe dónde, y ahora solicita nuestra ayuda para encontrarlo, como si por el hecho de estar en casa tuviéramos que saber dónde se encuentra cada una de las cosas que ésta contiene. Tratando de que no nos afecten las innumerables preguntas de la señora que trabaja por hora y que necesita saber dónde va cada cosa que sacó para limpiar o que nos avisa que el perro tiene hambre e intentando hacer oídos sordos a los llamados reiterados de nuestras queridas madres que no pueden esperar para contarnos el último chisme de la semana, seguimos en nuestra lucha léxica, con tesón y optimismo, determinadas a que el resultado de nuestra obra sea más creativo y comunicador que el mensaje original. En ese preciso momento suena el timbre de la puerta de calle y el afilador que nos ofrece un servicio que ya casi nadie necesita (porque la mayoría de los cuchillos traen serrucho), la muchacha que nos pregunta si tenemos ropa para dar o el encargado del edificio que nos avisa que cortarán el agua el resto de la tarde, nos vuelven rápidamente a la realidad.

Entretanto, nuestras ideas quedan plasmadas en la pantalla de la computadora que, con el apuro de contestar el timbre no “guardamos” y cuando volvemos a sentarnos, decididas a no dejarnos interrumpir más hasta el final de nuestra traducción, nos encontramos de repente con un letrerito que nos comunica que el archivo se ha cerrado por un error del programa. Para evitar que esto nos vuelva a suceder, reiniciamos la máquina, pasamos el antivirus, el programa anti-espías y todas las aplicaciones de seguridad que tenemos en nuestro escritorio informático y volvemos a abrir el archivo con el que estábamos trabajando y que por supuesto ya no contiene la increíble interpretación del concepto que se nos había ocurrido antes de la interrupción del afilador, de la señora, de la mendiga, del encargado o de nuestras madres. Una vez más, con estoicismo volvemos a retomar el hilo de nuestros pensamientos y cuando estamos en el punto de mayor concentración… ¡llegan los chicos del colegio! No hace falta describir con mucho detalle esta etapa del día ya que la mayoría de las mujeres sabemos de qué se trata: "ma, necesito plata para fotocopias” o “dónde está el pantalón que dejé sobre la silla, no me digás que lo pusiste a lavar” o bien “me preparás la merienda porque estoy muerto de hambre, la comida del cole estaba asquerosa", entre otros pedidos y comentarios que escuchamos a diario.

Con suerte, a eso de las diez y media de la noche y luego de dejar todo organizado para el día siguiente, volvemos a recuperar la paz de nuestro mundo interior y nos sumergimos nuevamente en la interpretación de un texto que, en la mayoría de los casos, no es más que la descripción técnica de una máquina, el certificado de nacimiento de alguna persona que desconocemos o el contrato de la empresa de un país que quizás jamás tendremos la ocasión de visitar.

Dejando de lado estos percances que afortunadamente no suceden todos los días ni al mismo tiempo, la traducción, una de las profesiones más antiguas de la humanidad, puede ofrecernos muchas satisfacciones tanto desde el punto de vista personal como familiar y económico. Este será el tema de otro encuentro entre esta servidora y sus valientes lectoras.

Marité Flores Tiravanti< br/> Traductora – Directora de Lexlogos< br/> <href="mailto:Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. ">marite (arroba) lexlogos.com<href="http://lexlogos.com">www.lexlogos.com